De: srao0o0

05 26 pm

Categoría: Sin categoría

3 comentarios

Apertura:f/3.5
Distancia focal:18 mm
ISO:100
Obturación:1/3200 segundos
Cámara:Canon EOS 400D DIGITAL

Y ya no estoy aquí,
Tampoco he llegado.
Pero ellos quieren sacrificar cabritos y cubrir sus huesos con pan de oro.

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3 comentarios el “”

  1. Hubo un día, aquel, en el que ya nada fue.
    Desde ahí comenzó a vivir en soledad.
    Esa mujer espera mirando una mesa vacía, al fondo Lisboa.
    No puede compartir el hastío, lo diferente, el miedo.
    Sir irse, no está.
    Sabe, no sabe cómo lo sabe, que la han engañado en los colores, lo verde es azul, lo rojo, amarillo y lo blanco una pura transparencia de esa cubertería en la que se ve un más allá de ángeles daltónicos y dioses despreocupados.
    También sabe entonces, solo entonces, que nada tiene valor, que los números siguen un orden absurdo, que tres es más que siete, que el doce no existe, que el veinte lo han inventado, que cero significa la eternidad, que el camarero no acaba de venir.

    “Y eso, perdone la simplificación, ¿le ocurrió hace mucho a esa dama?

    Es posible que fuera una experiencia repetida, algo anterior, pero aquel día marca un principio, la salida, desde entonces nada de lo que ocurría le ocurría. Era actriz y espectadora, estaba y vivía pero no era, lo veía desde un estrado imaginario, apuntador sin libreto, director imparcial sin poder participar modificar lo que sucedía, aventurar lo que podía suceder.

    “¿Y?”

    Entonces llegó el festín del amor por la vida. No puede entrar en esa penumbra sin riesgo a contaminarse de nuevo. Entonces llegó un maitre de bigotes embadurnados y sugirió cabrito.

    “Siga”

    La mujer de cabellos rizados se levantó, indignada, dejó la servilleta sobre la mesa y al fondo, Lisboa, comenzó a desvanecerse.

    “Volverá alguna vez”

    Y la respuesta vive en la duda permanente, como una sombra irrefragable

  2. Esto va (¿iba?) así, la artista deja aquí su obra, el espectador entra, mira, compara, si ve algo mejor se lo cambian y si quiere comenta. Ante la ira de la fotógrafa por el comentario anterior (“de aliño, tío, de aliño, así no, ¿eh?, así no”), me arrugo, miro, remiro y lo intento de nuevo.
    Resulta que mi vista no es lo que era y donde hay apenas una niña que va he visto una señora que vuelve, la mesa no es la de un restaurante por lo que no vendrá ningún camarero de bigotes retorcidos, Lisboa puede ser Estambul o Antofagasta. Sobre todo, no he advertido que al fondo a la derecha hay una cesta con frutas, ay.
    Dicho lo anterior y después de pedir disculpas a la (exigente) artista, lo intento de nuevo.

  3. Sobre la mesa, perfectamente alineada, la cristalería exhibe su brillo y su vacío. En uno de los cuencos imagino fresas, en otro limones, rico oporto en un vaso, cinco meses en esa botella de formas caprichosas, azafrán en la madera, espigas en el pelo de la bella, los dados rodando por el suelo, mañana es hoy y cuando las despedidas están llenas de lágrimas se sabe que no te has ido, cuando irse es volver se sabe que estamos en tránsito, cuando buscamos una estación de tren abandonada se sabe que no pararemos hasta esperar sentados en su andén de viento.
    La bella de rizos estratosféricos mira a un punto más allá de la mesa, más allá del paisaje del fondo, más allá de ella misma. La fotógrafa ha captado un instante fortuito, la esencia de un pensamiento. Pago tres escudos por ese pensamiento; pago un euro porque al fondo se vean también la torre Eiffel, los minaretes de Santa Sofía, el moño de Mari Jaiak, un puente cualquiera de Calatrava, el de San Antón y la torre inclinada de Pisa; pago siete pesetas por tomar una copa de vinho verde en un carruaje camino de Sintra.
    Todo esto está muy bien pero en realidad lo que quiero es poder hablar de tú a tú con el gorila de Miquel Barceló (http://miguelbarcelo.info/obras_min_ok.php?Cat=3&Menu=sub5&Tipo_obra=Pintura&Codnot_al=1426&Codimg_al=3630&Codnot=#seccion1426). En su defecto tampoco me importaría hablar con un mandril, no soy nada clasista, aunque un gorila siempre tiene una conversación más fluida. Un día paseaba por el zoo de Córdoba, había un elefante cojo, un extraño animal azul que parecía estar en las últimas, un hipopótamo asmático y el gorila. Detrás de las rejas me miraba desde tan dentro, con tal altivez y desprecio que podía leer sus pensamientos (pensaba, “humano, capullo, ¿qué miras?, con esa camisa tan antigua, te creerás muy guapo, vete a cagar”) y siguió fumando mientras miraba para otro sitio. Todos son ciclos, Portugal está detrás de una raya, esta fotografía es ya pasado, todo es pasado menos el gorila, dentro de todos nosotros vive un gorila, no sé cómo Barceló nos ha visto el alma. Pago tres escudos por el pensamiento de la bella junto a la ventana. Y ya.


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